Crónica Fiesta del Milagro – Salta 2013

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Con el cerro como altar, el camino como ofrenda

Martina Rua (desde Salta)

Salieron de sus casas en la al tura norteña hace diez, ocho, seis días. Caminan entre 200 y 600 kilómetros, dependiendo de su pueblo. Los primeros días de septiembre, Salta entera entra en una pausa de 15 días en la que cerros, rutas y calles se transforman en senderos colmados de caminantes y de historias. Todos se dirigen al mismo lugar: a la capital salteña a venerar a la Virgen del Milagro.

Es sábado a las diez de la mañana. María Inés camina en la columna que viene desde San Antonio de los Cobres, un pueblo empotrado a casi 4 mil metros de altura en el cerro y a 170 km de la ciudad de Salta. Estudiante de Enfermería, se unió a estos peregrinos hace dos días. Mientras camina cura heridas, explota ampollas,limpia y vuelve a calzar a los andariegos que se apoyan sobre esos pies desde hace más de una semana. “Ya no sabemos cómo mejorar su caminata, a muchos les pusimos toallitas femeninas encimadas para acolchonar la pisada”, cuenta con la vista en el camino. Faltan sólo 14 kilómetros para la meta. Los protagonistas de este grupo, el más caudaloso con

más de 4 mil peregrinos, son los mineros con sus cascos amarillos. La bola de coca masticada plantada en la mejilla izquierda, el andar cansino pero constante, la mirada huidiza. “Hace más de 25 años que venimos, es una emoción muy grande, casi no puedo seguir y digo que no vuelvo, pero aquí estoy”, cuenta Sergio Rodríguez, un minero que camina desde hace seis días. “Lo más difícil son los primeros días por los cerros porque ni agua podés llevar que se te congela la botellita. Cuando alcanzás la ruta se renuevan las energías.”

El noroeste argentino es la región del país donde la religión está más arraigada entre la población: el 91,7% de los habitantes se dice creyente (ver recuadro Tradición). Yanina es de Castelar, del oeste del GBA, y vino a vivir a Salta con su marido, Matías, en 2008 buscando otro ritmo de vida. Ella es psicóloga y Matías, trabajador social. Aquí tuvieron a los mellizos Pedro y Felipe, de casi tres años, que ahora Yanina calza sobre sus caderas. También son padres de Juan y Luz, que bailan ante la llegada de los peregrinos a la basílica. Toda la familia se levantó a las 6 para interceptar en la ruta a los caminantes que bajaban de San A ntonio de los Cobres para servirles el desayuno y alentarlos en el tramo final.

Otros voluntarios son los Molina, que desde hace trece años abren las puer tas de su humilde casa en Vaqueros, a unos diez kilómetros de la capital, para recibir a más de 400 creyentes que vienen desde los pueblos de Nazareno o Iruya, a más de 500 kilómetros. “Verlos comer y disfrutar es impagable, nos dan mucho cariño”, dice Moisés Molina, que hace un mes empezó la campaña para conseguir donaciones y baños químicos para este momento. El sábado entero transcurre con clima de fiesta. La gente llora, reza y festeja. A las doce de la noche se celebra la Noche del Peregrino con una misa especial para ellos. En la Plaza 9 de Julio huele a coca masticada y a empanadas fritas.

Pañuelos, claveles, empanadas. Es domingo y hoy culmina este rito, que para muchos empezó hace más de 15 días. La agenda se sucede, inevitable y en orden. A las diez de mañana, misa al aire libre sobre la Plaza 9 de Julio con miles de fieles y todo el gobierno provincial sentado en primera fila. “Esta es la hora en que los cristianos debemos entregar a nuestra sociedad una actitud nueva, capaz de ofrecer a las generaciones jóvenes un proyecto de país fraterno y reconciliado”, dijo en su homilía el arzobispo Mario Antonio Cargnello. La capital salteña está atestada, pero calma. Ochocientas mil personas ha movilizado este año La Fiesta del Milagro, según estimaciones de la Secretaría de Turismo provincial. El ritmo es de domingo, pe ro algo hace efervescencia. Los restaurantes linderos a la Basílica son desbordados por quienes pueden pagarse una comida sentados, pero todavía más trabajan los puestos callejeros que entregan delicias autóctonas por unos 12 pesos. También abundan los pañuelos recordatorios, los claveles y las colaciones.

Cerca de las cuatro de la tarde, la ciudad de Salta es una inmensa peatonal. Una visión angelical ofrecen las decenas de niños enteramente vestidos de blanco y con alitas que simbolizan promesas y agradecimientos. La procesión acompaña a las imágenes por 17 cuadras hasta el Monumento 20 de Febrero, donde los fieles sellan año a año el pacto de fidelidad con los santos. Ante el paso de las imágenes, los miles de pañuelos emprenden una danza blanca que dura largos minutos que, si se tiene la suerte de verlo desde lo alto de un edificio, se siente como una ola espumosa que se demora en romper. Son miles las personas que caminan y buscan la mejor arteria para ver pasar a los peregrinos. Cada tanto, entre la lenta marea, pasa alguien corriendo y gritando:“¿Por dónde está pasando el Señor del Milagro? ¿Por qué calle está la patrona?”. Y con la indicación precisa, corre para alcanzarlos. La organización de este fin de semana es total. No es sólo el despliegue de más de 4.700 efectivos policiales y gendarmes, una veintena de ambulancias y hospitales de campaña. Es el “milagro” y su carácter festivo, que no da lugar a los desbordes ni revueltas.

Cae la noche. En Salta se rompe el encantamiento. La provincia comienza a desperezarse de este letargo de adoración que se renovará, en once meses, el próximo septiembre.

El origen de la creencia

M.R.

El origen de esta fiesta de adoración se remonta a la fundación de Salta, en el año 1582. El entonces obispo del Tucumán, fray Francisco de Vitoria, prometió traer de España una imagen de Cristo para la modesta basílica de la ciudad. El barco que la traía naufragó, pero el cajón donde la transportaban ( junto con una imagen de la Virgen del Rosario para Córdoba) fue encontrado en el puerto del Callao, Perú, y devuelto a su destino. Quedó guardada durante un siglo en la sacristía de la iglesia matriz salteña, y tras los fuertes temblores y terremotos de 1692, que destruyeron por completo la ciudad de Esteco y provocaron destrozos en Salta, se encontró una imagen de la Inmaculada en el suelo de la sacristía, a los pies del Cristo olvidado. El pueblo salteño interpretó esto como una señal de que debían entronizar en el altar mayor al Señor y a la Virgen, que desde entonces son llamados “de los Milagros”. La ciudad no volvió a sufrir temblores de aquella magnitud y la devoción de los salteños no hizo otra cosa que crecer.

 

 

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